Para los que nos dedicamos a la formación, sabemos que una buena historia resulta mucho más evocadora y pedagógica que 50 dispositivas vistosas. Comparto una.
Sé que en las parábolas el casting es a menudo imaginario, hecho a medida del que quiere poner a prueba sus paradigmas. En este caso no.
No es la primera vez que la experiencia propia y la de otros me han hecho reflexionar sobre cuan insuficientes pueden resultar el talento y/o la inteligencia para lograr metas, o simplemente para lograr negociar con la vida, si no van acompañados de otros atributos. Éste caso es el último que me ha tocado de cerca.
Hace años, conocí a dos pintores, que además cursaron sus estudios de Bellas Artes juntos. Ambos tenían una pasión verdadera por el Arte con A mayúscula, eran amigos, y ambos se juraron no claudicar en su empeño por vivir de su arte, aunque no llegasen a ser renombrados o cotizados. Podían competir en pasión, pero en creatividad, no. Cómo la creatividad y la originalidad en el arte son condiciones sine qua non para aspirar al olimpo de la vanguardia, todos los que los conocíamos y apreciábamos hubiésemos admitido que J. tenía más talento que V. y por tanto mayor probabilidades de cumplir con sus sueños. Sobre gustos no hay nada escrito pero la apuesta por la musa de J. era por su atrevimiento, audacia y provocación, mientras que la de V. tenía que conformarse con ser bella.
Ambos, más de treinta años después, siguen siendo amigos, aparte de ser seres humanos generosos, aunque sus condiciones – y sus ilusiones - han cambiado con el correr de los años.
Contra todo pronóstico, V., un pintor cuya capacidad técnica nadie pondría en duda, pero que nunca aspiró a la vanguardia y a menudo ha sido criticado por convencional e incluso algo ramplón, expone en galerías de varios continentes y – cosa nada fácil si no estás en el Olimpo del Arte – vive muy bien de su obra. Vive de lo que mejor sabe hacer, y de lo que más le entusiasma. Eso es lo que llamo tener éxito.
Por el contrario, J., dejó todo en manos de su musa, veleidosa y frágil, y a pesar de unos principios prometedores, no ha logrado siquiera hacer de su pasión un medio de vida frugal. Acepta esta derrota porque piensa que es el peaje que se debe pagar por la falta de talento. Me consta, y a otros muchos, que talento le sobra.
Podríamos exponer un inventario de causas pero me quedo con lo evidente:
V. entendió que cada victoria que lograse en su campo la tendría que trabajar, sudar, anticipar, buscar, que la perseverancia, la capacidad para resurgir del fracaso iban a contar mucho más en el desenlace de su vida que su musa, que iba a envejecer, igual que él.
J. acepta su suerte con filosofía y resignación, pero por los motivos equivocados (¡Ojalá no lea esto!): No le ha fallado la musa ni el talento. Es él quien ha fallado a su musa, por supuesto: le ha fallado la confianza en si mismo, le ha fallado la capacidad de lucha. Su miedo a negociar consigo mismo, al fracaso, acabaron con su fe. Ha sospechado que no se merecía lo que quería, y por supuesto, ha acabado teniendo razón.
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